miércoles, 24 de septiembre de 2008

Justicia en el páramo



“Brazos de hombres y mujeres alzan garrotes. Ponchos, chalinas y rostros de indignación debajo de los sombreros se agolpan alrededor de la plaza de la comuna.
-Uuu deganita van a entregar a policías. Ele, no ven, otra vez han robado: la vacona del Julián, los borreguitos de la Pastora, de mí tan fueron llevando los puerquitos -grita Rosa Pilataxi.
-¡Justicia, justicia! Aquí mismo juzgar, aquí mismo escarmentar, sino, mandando donde taita gubernador lo mismo que nada rapidito, breve salen dando cushqui. ¡Aquí mismo castigar caraju para ver si se burlan! -vocifera Pedro Tigre.
La neblina se ha posado sobre las chozas, un perro ladra lastimero. Juan Cofre, Presidente de la comunidad, trata de calmar los ánimos: Compañeros, vamos a sesionar, entre todos vamos a decidir.
-Que les corten la mano, pide alguien.
-Que les rapen y que les saquen la oreja, propone otro.
-Mejor quemen vivos, mala hierba hay que matar de raíz, así han de tener miedo, así nuan de venir más –dicen varios.
Tres abigeos se encuentran prisioneros en el aula de la escuela. Fueron capturados por los lugareños cerca de la acequia arreando dos toretes y una vaca. Han pasado el resto de la madrugada semidesnudos y temblando por el inclemente frío del páramo.
A eso de las ocho de la mañana se instala el cabildo campesino. Luego de deliberar se los condena a ser públicamente castigados: Diez acielazos a cada uno, baño con agua-sal helada y ortigada para que se purifiquen.
-Eso, castigar así como hicieron nuestros mayores; comisario tan, abogado tan, jueces tan, tarea de ladrones. ¡Qué carguen piedras!
-¡Qué carguen! Justicia, justicia de páramo caraju.
La policía ha llegado. Nada pueden hacer ante la ira de los campesinos, se limitan a observar y pedir que después les sean entregados para llevarlos a la cárcel municipal. Chas, chas, taiticuuuu. Chas, perdón, perdón. Chas, por pobreza, por necidaaa. Chas Ayyyy. Chas, Arrarray mamiticaaa. Chas Achachaycito. Juan Cofre descarga sobre las espaldas de los reos el acial que rasga la carne. ¡Nunca más, nunca más, bastaaa!. Rosa Pilataxi termina el castigo. “Aura ca hacete el macho pes, toma para que no seas vago”.
En los últimos años, no solo en las comunidades indígenas sino también en algunos cantones del Ecuador, los ciudadanos víctimas de la delincuencia y la inseguridad social han decidido tomar la justicia por su propia mano.
En las comunidades indígenas la base de la economía es agraria, dirigentes y dirigidos hacen labores agrícolas para subsitir. Las leyes ancestrales: “No robar, no mentir y no ser ociosos” siguen vigentes. En el pasado los castigos iban desde enterrarlos vivos, mutilar una de las extremidades o el destierro, tal como lo hacía el Inca que enviaba a los mitimaes (personas que habían incumplido con la ley y que eran expulsadas del ayllu) a poblar nuevas tierras. Así se lograban dos objetivos: hacer justicia y expandir los dominios del Incario. Estas formas de administrar justicia no son más que un reflejo de esa cosmovisión andina. Es la comunidad quien enjuicia e impone el castigo, con el fin de rehabilitar y reintegrar a la comunidad a quien delinque, mediante su arrepentimiento público.
Por su parte, el Derecho institucionalizado ve a la justicia indígena como formas arbitrarias y de barbarie porque no atienden al derecho a la defensa, ni el respeto a los Derechos humanos, pero el Convenio de la OIT y la Constitución del Estado ecuatoriano reconoce el derecho de los pueblos indígenas a aplicar su propia justicia.
José Villarroel Yanchapaxi

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